Nana
Nana —¿Qué hace por aquí, querido? —preguntó el periodista—. ¿Se esconde por los rinconcitos, cuando en días de estreno nunca abandona su butaca?
—Ya lo ve, estoy fumando —respondió Daguenet.
Entonces Fauchery trató de ponerle en un aprieto.
—¿Y qué? ¿Qué le ha parecido la debutante? La tratan bastante mal en los pasillos.
—Bah… murmuró Daguenet. Serán los hombres a quienes ella habrá despreciado.
Éste fue su juicio sobre el talento de Nana. Héctor se inclinó para contemplar el bulevar. Enfrente, las ventanas de un hotel y de un casino estaban iluminadas; en la acera, una masa negra de consumidores ocupaba las mesas del café de Madrid. A pesar de lo avanzado de la hora, el gentío era considerable; se caminaba despacio, mucha gente salía continuamente del pasaje Jouffroy, muchos esperaban cinco minutos antes de poder cruzar el bulevar a causa de la larga fila de carruajes.
—¡Qué movimiento, qué ruido! —repetía Héctor de la Faloise, a quien París aún causaba asombro.