Nana
Nana Sin poder explicarse cómo, se encontró con el rostro pegado a la verja del pasaje de los Panoramas, sujetando los barrotes con las manos. No los sacudía, sólo trataba de ver el pasaje, invadido por una emoción que le hinchaba el pecho. Pero no distinguía nada; una ola de tinieblas recorría la galería desierta, y el viento que recorría la calle Saint-Marc le azotaba el rostro con una humedad de bodega. Y se obstinaba allí. Luego, saliendo de un sueño, se quedó asombrado, preguntándose qué buscaba a aquella hora pegado a aquella verja con tal apasionamiento que los barrotes se le habían clavado en el rostro. Entonces reemprendió el camino, desesperado, lleno el corazón de una última tristeza, como traicionado y solo, mientras seguía adelante, entre las sombras.
Al fin amaneció, con ese clarear sucio de las noches de invierno, tan melancólico en el cenagoso pavimento de París.
Muffat había vuelto a las anchas calles en construcción que rodeaban el terreno en obras de la nueva Ópera; empapadas por los chaparrones, holladas por las carretillas, el suelo gredoso se había transformado en un fangal. Y sin mirar dónde pisaba, Muffat continuaba caminando, escurriéndose y encontrando puntos de apoyo.