Nana
Nana El despertar de París, las cuadrillas de barrenderos y los primeros grupos de obreros le trajeron una nueva turbación a medida que avanzaba el día. Se le miraba con sorpresa al verle con el sombrero chorreando agua, lleno de barro y como asustado. Durante mucho tiempo se refugió contra las empalizadas, entre los andamiajes. En su ser vacío sólo latía un pensamiento: el de que era una pobre ruina.
Entonces pensó en Dios. Esta brusca idea de un socorro divino, de un consuelo sobrehumano, le sorprendió como algo inesperado y extraño; despertaba en él la imagen del señor Venot, moviendo su pequeña y rechoncha persona, con sus dientes cariados. Ciertamente el señor Venot, a quien rehuía desde hacía meses, evitando verle, se sentiría feliz si iba a llamar a su puerta para llorar en sus brazos. En otros tiempos, Dios le reservaba todas estas misericordias. Al menor pesar, al menor obstáculo interponiéndose en su vida, entraba en una iglesia, se arrodillaba, humillaba su pequeñez ante la soberana omnipotencia, y salía fortificado por la oración, dispuesto al abandono de los bienes de este mundo, con el único deseo de su salvación eterna.