Nana
Nana Sin embargo, actualmente ya no practicaba más que por sacudidas, a las horas en que el terror al infierno se apoderaba de él; le habían invadido toda clase de perezas y Nana perturbaba sus deberes. La idea de Dios le asombraba. ¿Por qué no había pensado en Dios inmediatamente, cuando aquella espantosa crisis resquebrajaba y deshacía su débil humanidad?
Mientras, buscaba una iglesia en su caminar lastimoso. Estaba desorientado; la hora matinal le hacía confundir las calles. Luego, cuando doblaba el recodo de la calle Chaussée d’Antin, descubrió la Trinidad en el extremo, como una torre vaga que se fundía en la bruma. Las estatuas blancas, dominando el jardín desierto, parecían Venus friolentas entre las hojas amarillas de un parque. Bajo el pórtico respiró un instante, fatigado por la subida de la amplia escalinata. Luego entró.
La iglesia estaba fría, con la calefacción apagada desde la víspera y con sus altas bóvedas de una niebla fina que se filtraba a través de los ventanales.
Una sombra anegaba la parte baja de las naves; allí no había ni un alma, y sólo se oía, en el fondo de aquella oscuridad lóbrega, un ruido de zuecos, algún bedel arrastrando los pies en la aspereza del despertar.