Nana

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Él, sin embargo, después de tropezar con una serie de sillas, perdido, llorándole el corazón, fue a caer de rodillas frente a la verja de una capillita que había cerca de la pila del agua bendita. Unía las manos y buscaba sus oraciones, aspirando todo su ser para entregarse en un arrebato. Pero sus labios sólo tartamudearon las palabras, su espíritu continuaba huyendo, volviendo afuera, reanudando su caminata, sin parar, como bajo el azote de una necesidad implacable. Y repetía: «¡Oh, Dios mío, socórreme! Dios mío, no abandones a esta criatura tuya que se encomienda a tu justicia. Dios mío, te adoro; no me dejes perecer bajo los golpes de tus enemigos».

Nada le respondía. La sombra y el frío caían sobre sus hombros, mientras el ruido de sus pisadas siguiendo adelante, le impedía rezar. No oía más que aquel ruido irritante en la iglesia desierta, donde aún no se había empezado a barrer antes de las primeras misas. Entonces, apoyándose en una silla, se levantó, crujiéndole las rodillas. Dios aún no estaba. ¿Por qué tenía él que ir a llorar en los brazos del señor Venot si no podía hacer nada?




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