Nana
Nana Y, maquinalmente, regresó a casa de Nana. Una vez fuera, después de un resbalón, sintió que las lágrimas acudían a sus ojos, pero sin cólera contra la suerte; simplemente por débil y enfermo. Estaba demasiado cansado, había recibido demasiada lluvia y sentía un inmenso frío. La idea de volver a su sombrío palacio de la calle Miromesnil le helaba.
El portal de la casa de Nana aún no estaba abierto, y tuvo que esperar que apareciese el portero. Al subir, sonreía, penetrado ya por el muelle calor placentero de aquel nido, donde se podría tender y dormir.
Zoé, al abrirle, hizo una mueca de estupor y de inquietud. La señora, por culpa de una terrible jaqueca, no había pegado un ojo. Iría a ver si la señora no estaba dormida. Y se deslizó en la habitación mientras él se derrumbaba en un sillón de la sala, casi inmediatamente apareció Nana. Saltaba de la cama y apenas tuvo tiempo de ponerse unas enaguas; descalza, con los cabellos revueltos y el camisón arrugado y desgarrado, en el desorden de una noche de amor.
—¡Cómo! ¡Otra vez tú! —gritó roja de ira.
Bajo el azote de la cólera, iba a ponerle ella misma de patitas en la calle. Pero al verle tan destrozado, tan acabado, sintió una súbita piedad.
—Muy bien, mi pobre perro —repuso Nana con más dulzura—. ¿Qué ha ocurrido? Los has espiado, ¿verdad? Sólo para amargarte.