Nana
Nana Él no respondÃa; tenÃa el aspecto de un animal abatido. No obstante, ella comprendió que seguÃa sin tener pruebas, y para tranquilizarle, le dijo:
—Ya ves que me engañaba. Tu mujer es honrada, palabra de honor. Ahora, pequeño mÃo, tienes que volver a tu casa y acostarte. Lo necesitas.
Muffat no se movió.
—Anda, vete. No puedo tenerte aquÃ. ¿No pretenderás quedarte a estas horas?
—SÃ, acostémonos —balbuceó él.
Ella reprimió un gesto de violencia. La paciencia se le agotaba. ¿Era que él se volvÃa idiota?
—Vamos, vete —dijo ella por segunda vez.
—No.
Entonces ella estalló, exasperada, revuelta:
—Esto es asqueroso… Comprende que estoy de ti hasta la coronilla; vete a buscar a tu mujer, que te hace cornudo… SÃ, te hace cornudo, y ahora soy yo quien te lo dice… ¿Te basta? ¿No me dejarás en paz?
Los ojos de Muffat se llenaron de lágrimas. Unió las manos, suplicándole:
—Acostémonos.