Nana

Nana

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De pronto Nana perdió la cabeza, ahogada ella misma por sollozos nerviosos. Se abusaba de ella. ¿Acaso le importaban todas aquellas historias? Cierto que ella había puesto todos los medios posibles para instruirle, por gentileza. ¡Y le quería hacer pagar los platos rotos! Y no. Ella tenía buen corazón, pero no tanto.

—¡Por todos los diablos, que ya estoy harta! —gritó ella pegando puñetazos en un mueble—. ¡Y yo que me esforzaba, que quería ser fiel…! Pero, querido, mañana sería rica si yo dijese una palabra.

Él levantó la cabeza sorprendido. Jamás había pensado en aquella cuestión de dinero. Si ella expresaba un deseo, en seguida lo satisfaría. Toda su fortuna era de ella.

—No; ya es demasiado tarde —replicó Nana, rabiosa—. Me gustan los hombres que dan sin que se les pida… No, ya ves, aunque me dieses un millón por una sola vez, lo rechazaría. Se acabó, tengo otra cosa ahí… Vete, o no respondo de nada. Cometería una desgracia.

Avanzaba hacia él amenazadora. Y durante su desespero de buena muchacha puesta a prueba, convencida de su derecho y de su superioridad sobre las gentes honradas que la abrumaban, se abrió la puerta bruscamente y se presentó Steiner. Esto fue el colmo. Lanzó una terrible exclamación.

—¡Vamos! ¡Aquí está el otro!


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