Nana
Nana Steiner, aturdido por el estallido de su mismo grito, se detuvo. La presencia inesperada de Muffat le contrarió, porque tenÃa miedo a una explicación, ante la cual retrocedÃa desde hacÃa tres meses. Cerrando los ojos, se balanceaba irritado y evitaba mirar al conde. Resoplaba, con el rostro encendido y descompuesto de un hombre que ha recorrido ParÃs para dar una buena noticia, y que se siente caer en medio de una catástrofe.
—¿Qué quieres tú? —preguntó crudamente Nana, tuteándole y sin importarle el conde.
—Yo… yo… —tartamudeó—. Vengo a traerle lo que ya sabe.
—¿Qué?
Vacilaba. La antevÃspera ella habÃa dicho que si no encontraba mil francos para pagar un recibo, no le recibirÃa más. Desde hacÃa dos dÃas, lo recorrÃa todo, y por fin, aquella misma mañana, acababa de completar la suma.
—Los mil francos —acabó por decir, sacándose un sobre del bolsillo.
Nana lo habÃa olvidado.
—¡Los mil francos! —gritó—. ¿Pero es que pido limosna? ¡Toma! Mira el caso que hago de tus mil francos.