Nana

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Cogió el sobre y se lo arrojó a la cara. Él, como judío prudente, lo recogió con cierto esfuerzo. Miraba a la joven como atontado. Muffat cruzó con él una mirada de desesperación, mientras ella se ponía en jarras para gritar más fuerte:

—¿Qué? ¿Acabaréis de insultarme…? Tú, querido, estoy muy contenta de que hayas venido, porque ya ves… la limpieza va a ser completa. ¡Hala, fuera! ¡Largo de aquí!

Y como ellos no se movieran, paralizados, agregó:

—¿Decís que hago una tontería? Es posible. Pero ya me habéis fastidiado demasiado… ¡Y silencio! Estoy harta de ser elegante. Si reviento, es cosa mía.

Quisieron tranquilizarla, suplicándole.

—Una, dos… ¿os negáis a iros? Pues mirad, ¡tengo compañía!

Y con brusco ademán abrió de par en par la puerta de su dormitorio. Entonces los hombres vieron a Fontan en la cama deshecha. Éste no esperaba ser exhibido de aquella manera; tenía las piernas al aire, la camisa remangada y se revolcaba como un cabrito en medio de los encajes arrugados, con su piel negra. Sin embargo, no se turbó, acostumbrado a las sorpresas de los escenarios.


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