Nana
Nana Tras la primera sacudida de sobresalto, encontró una expresión apropiada para salir honrosamente del trance, e hizo el conejo, como él decía, avanzando la boca y arrugando la nariz, moviendo el hocico. Su cabeza de fauno canalla rezumaba vicio. Era a Fontan a quien, desde hacía ocho días, Nana iba a buscar al Varietés, en una chaladura de ramera encaprichada por la fea mueca de los cómicos.
—¡Aquí está! —dijo ella, señalándolo con un gesto de trágica.
Muffat, que lo había aceptado todo, se revolvió ante esta afrenta.
—¡Puta! —tartamudeó.
Pero Nana, ya en la habitación, retrocedió para decirle la última palabra.
—¿Puta de qué? ¿Y tu mujer?
Y se marchó, pegando un portazo y pasando enfurecida el cerrojo. Los dos hombres se quedaron solos y se miraron en silencio. Zoé acababa de entrar, pero no los echó, sino que les habló muy razonablemente.