Nana

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—¡Estoy harto! Dije que colocasen una silla que hiciese de puerta. Todos los días hay que empezar con la misma canción… ¡Barillot! ¿Dónde está Barillot? ¡Otra vez lo mismo! Todos se largan.

Barillot fue a colocar la silla, silencioso, como si no fuesen contra él los rugidos. Y empezó nuevamente el ensayo.

Simonne, con sombrero y su abrigo de pieles, adoptaba aires de sirvienta en plan de arreglar los muebles. Se interrumpió para decir:

—Saben, aquí no hace calor con que ensayo con las manos en el manguito.

Luego, mudando la voz, acogió a Bosc con un grito afectuoso:

—Vaya, si es el señor conde. Usted es el primero, señor conde, y la señora va a ponerse muy contenta.

Bosc llevaba un pantalón lleno de barro, un impermeable amarillo y una gran bufanda enrollada al cuello, las manos en los bolsillos y un viejo sombrero puesto; contestó con voz sorda, sin interpretar, arrastrándose:

—No moleste a su ama Isabel; quiero sorprenderla.

El ensayo continuó. Bordenave, ceñudo, hundido en el fondo de su sillón, escuchaba con gesto de cansancio. Fauchery, nervioso, cambiaba de posición, sintiendo a cada minuto deseos de interrumpir, pero se reprimía.


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