Nana
Nana Junto a la delgada cañería de la derivación, Cossard levantaba el manuscrito para ver mejor, bajo el resplandor que denunciaba el relieve de su joroba. Bordenave y Fauchery se ahogaban en la oscuridad. Aquello, en medio de la gran nave y en el espacio de algunos metros solamente, parecía el fulgor de una linterna clavada en el poste de una estación, en la cual los actores adoptaban aires de visiones barrocas, con sus sombras bailando tras ellos. El resto del escenario se llenaba de una humareda semejante a la de una cantera de demoliciones, a una nave despanzurrada, atestada de escaleras, de bastidores, de decorados, en los que las pinturas desteñidas parecían montones de escombros, y en el aire, los telones de fondo que colgaban adquirían una apariencia de andrajos pendiendo de las vigas de algún almacén de trapos. Y arriba, un rayo de sol entrando por una ventana cortaba con barra de oro la oscuridad de la bóveda. Mientras, en el fondo del escenario los actores hablaban en espera de las réplicas. Poco a poco iban levantando la voz.
—¿Qué? ¿No querrán callarse? —gritó Bordenave, que se movió rabioso en su asiento—. No oigo una palabra… Váyanse fuera si quieren hablar, nosotros estamos trabajando… Barillot, si continúan hablando, ponga una multa a todo el mundo.