Nana
Nana Se callaron inmediatamente. Formaban un grupo sentado en un banco y en unas sillas rústicas en un rincón del jardín, el primer decorado de la noche, que estaba allí para ser colocado. Fontan y Prullière escuchaban a Rose Mignon, a quien el director del Folies-Dramatiques acababa de hacer una oferta soberbia. Pero una voz gritó:
—¡La duquesa! ¡Saint-Firmin! Vamos, la duquesa y Saint-Firmin.
Hasta la segunda llamada, Prullière no se acordó que él hacía de Saint-Firmin. Rose, que interpretaba a la duquesa Hélène, ya le esperaba para su entrada.
Lentamente, arrastrando los pies sobre las tablas vacías y sonoras, el viejo Bosc volvió a sentarse. Entonces, Clarisse le ofreció la mitad del banco.
—¿Qué demonios tiene para chillar así? —dijo ella hablando de Bordenave—. Se va a poner bueno dentro de poco… Ahora ya no se puede montar una obra sin que tenga sus ataques de nervios.
Bosc se encogió de hombros. Él estaba por encima de todas aquellas broncas. Fontan murmuraba:
—Huele el fracaso. Esta pieza me parece idiota.
Luego se dirigió a Clarisse, volviendo sobre la historia de Rose: