Nana
Nana —¿Crees en las ofertas del Folies…? Trescientos francos por noche y durante cien representaciones. ¿Y por qué no una casa de campo también? Si diesen trescientos francos a su mujer, Mignon abandonarÃa a Bordenave.
Clarisse creÃa en los trescientos francos. Ese Fontan siempre hablaba mal de sus camaradas. Pero Simonne les interrumpió. Estaba tiritando. Todos, abrochados y con la bufanda al cuello, miraron en el aire el rayito de sol que lucÃa, sin bajar hasta la frÃa tristeza del escenario. En la calle helaba, bajo un claro cielo de noviembre.
—¡Y no hay fuego en la chimenea! —dijo Simonne—. Esto es repugnante. Se está convirtiendo en un avaro… Tengo ganas de marcharme; no quiero coger una enfermedad.
—¡Silencio! —gritó de nuevo Bordenave con voz de trueno.
Durante algunos minutos no se oyó más que el recitado confuso de los actores. Apenas accionaban, y hablaban a media voz para no fatigarse. Sin embargo, cuando marcaban una frase intencionada, dirigÃan ojeadas a la sala, la cual aparecÃa ante ellos como un agujero amplÃsimo en el que flotaba una vaga sombra, como un finÃsimo polvillo cayendo de un alto granero sin ventanas.