Nana

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La sala, sin luces, iluminada sólo por la semiclaridad del escenario, parecía dormitar en un recogimiento melancólico. En el techo, una oscuridad opaca anegaba las pinturas. De arriba abajo de los palcos, a derecha y a izquierda, caían grandes lienzos grises para proteger las tapicerías, y las fundas eran bandas de tela tendidas sobre el terciopelo de las barandillas, ciñendo las galerías como un sudario y ensuciando las tinieblas con su tono pálido.

En aquel descolorido general, no se distinguían más que los fondos más oscuros de los palcos, que delineaban el esqueleto de los pisos, con la mancha de los sillones, cuyo rojo terciopelo se veía negro. La araña, bajada a pocos palmos del patio, casi cubría la orquesta con sus colgajos, haciendo pensar en una mudanza, en una partida del público para un viaje del que no regresaría más.

Y precisamente Rose, en su papel de duquesita extraviada en casa de una ramera, avanzaba en el escenario hacia la rampa en aquel instante. Levantó las manos, hizo una mueca adorable a aquella sala vacía y oscura, triste como una casa en duelo, y dijo subrayando la frase para producir cierto efecto:

—¡Dios mío, qué mundo más raro!


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