Nana

Nana

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Nana se puso a pasear. Durante un momento contempló el papel sucio, el tocador grasiento, aquel agujero asqueroso que lo llenaba un pálido sol. Luego, deteniéndose ante el conde, habló con una tranquila franqueza:

—Es muy gracioso. Los hombres ricos se imaginan que lo pueden tener todo con su dinero… ¿Y si yo no quiero? Me importan un bledo tus regalos. Me darías París, y seguiría diciendo no, siempre no… Ya ves que esto no es muy limpio. Pues lo encontraría muy agradable si me hiciese feliz vivir aquí contigo, pero reventaría en tus palacios si mi corazón te repeliese… ¡Ah, el dinero! Pobre perrito mío; lo tengo en cualquier sitio. Mira tú, le pego patadas al dinero, lo escupo.

Y ponía cara de asco. Luego, volviendo al sentimiento, añadió en un tono melancólico:

—Sé de algo que vale más que el dinero… ¡Ah, si me diesen lo que yo deseo…!

Él levantó lentamente la cabeza y en sus ojos brilló un pequeño rayo de esperanza.

—Pero no puedes dármelo —repuso ella—. Eso no depende de ti, y por eso te hablo de ello… En fin, hablemos… Desearía tener el papel de mujer honrada en su obra.

—¿Qué mujer honrada? —murmuró él asombrado.


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