Nana
Nana —Bien, ¿y después? —decÃa Nana dejándole que siguiera—. Todo esto no conduce a nada. Ya que no es posible… ¡Dios mÃo, qué niño eres!
Él se apaciguó. Pero siguió en el suelo, no dejándola y diciendo con voz entrecortada:
—Escucha por lo menos lo que voy a ofrecerte… Ya tengo visto un hotelito, junto al parque Monceau. Satisfaré todos tus deseos. Por tenerte sin compartirte daré mi fortuna… SÃ, será la única condición; sin compartirte, ¿entiendes? Y si consientes en no ser más que mÃa, ¡oh! te haré la más hermosa, la más rica; coches, diamantes, vestidos…
A cada ofrecimiento Nana decÃa que no con la cabeza, soberbiamente. Luego, como continuase hablando de colocar dinero a su nombre, no sabiendo qué poner más a sus pies, pareció perder la paciencia.
—¿Qué? ¿Has acabado de manosearme? Soy buena muchacha y lo acepto un momento, porque te pones como enfermo, pero ya es bastante; ¿no te parece? Déjame levantarme; me cansas.
Se desprendió, y cuando estuvo de pie, repitió:
—No, no, no… No quiero…
Entonces él se arrastró penosamente, y, sin fuerzas, cayó sobre la silla, acodándose contra el respaldo, el rostro entre las manos.