Nana
Nana Ella habÃa inclinado la cabeza y arañaba con la uña la paja roja, que sangraba debajo de ella. Al verle tan ansioso, no se apresuraba. Por fin levantó la cara, seria la expresión, con sus bellos ojos, a los que habÃa agregado un poco de tristeza.
—No; eso es imposible, pequeño mÃo. Nunca volveré a unirme contigo.
—¿Por qué? —balbuceó él, mientras una contracción de indecible sufrimiento invadÃa su rostro.
—¿Por qué? Porque… es imposible; eso es todo. No quiero.
Aún estuvo mirándola unos segundos, ardientemente. Luego, con las piernas paralizadas, se abatió sobre la ventana. Ella, con aire de aburrimiento, se contentó con añadir:
—Bah, no hagas el chiquillo.
Pero ya lo hacÃa. CaÃdo a sus pies, la cogÃa por la cintura y la abrazaba estrechamente, la cara entre sus rodillas, que hundÃa hasta la carne. Cuando la sintió asÃ, cuando la encontró con el terciopelo de sus miembros, bajo la delgada tela de su vestido, le sacudió una convulsión, y tiritaba de fiebre, perdido, estrechándose contra sus piernas como si quisiera penetrar en ella.
La vieja silla crujÃa. Los sollozos del deseo se ahogaban en el techo bajo y en el aire agriado de los antiguos perfumes.