Nana
Nana Sorprendida por aquella frialdad, Nana decidió su juego.
—Vaya, eres razonable —añadió con una débil sonrisa—. Ahora que ya hemos hecho las paces, démonos un apretón de manos y quedemos como buenos amigos.
—¿Como buenos amigos? —murmuró él, súbitamente inquieto.
—SÃ; tal vez sea idiota, pero deseaba tu estimación… Ahora ya nos hemos explicado, y si nos encontramos no pareceremos dos memos.
Él hizo un gesto para interrumpirla.
—Déjame acabar… Ningún hombre, ¿entiendes? ha tenido que reprocharme una cochinada. Y me molestaba empezar contigo… Cada cual tiene su honor, querido.
—¡Pero si no es eso! —gritó él violentamente—. Siéntate y escúchame.
Y como si temiese verla marchar, la empujó hacia la única silla. Él paseaba con una agitación creciente. En el pequeño camerino, cerrado y lleno de sol, habÃa un dulzor tibio, una paz húmeda que ningún ruido exterior turbaba. En los momentos de silencio sólo se oÃan los trinos del canario, parecidos a los de una flauta lejana.
—Escucha —dijo él plantándose delante de ella—, he venido para volver a cogerte. SÃ, quiero reanudar… empezar. Tú lo sabes muy bien. ¿Por qué me hablas asÃ? Responde… ¿Consientes?