Nana
Nana Y levantando la mirada, vio los pequeños edificios y las relucientes vidrieras de la galerÃa del pasaje, y más allá, frente a ella, las altas casas de la calle Vivienne, cuyas fachadas de la parte de atrás se elevaban mudas y como vacÃas. Las azoteas se extendÃan en graderÃo, un fotógrafo habÃa puesto en un tejado una gran caja de cristal azul. Aquello era muy alegre, y Nana se olvidaba de todo cuando le pareció que habÃan llamado. Se volvió y gritó:
—Entre.
Al ver al conde, cerró la ventana. No hacÃa calor y la curiosa de la señora Bron no tenÃa por qué oÃrles. Los dos se miraron seriamente. Luego, como él permanecÃa muy tieso y con gesto asustadizo, ella se echó a reÃr y dijo:
—Muy bien; ya estás aquÃ, gran bestia.
La emoción de él era tan fuerte que parecÃa helado. La llamó señora; se sentÃa dichoso por volver a verla. Entonces, para precipitar las cosas, ella se mostró más familiar aún.
—No me vengas con dignidades. Ya que has deseado verme, no es para miramos como dos perros de porcelana… Los dos hemos cometido errores. Pero yo te perdono.
Y él se quedó convencido de que no se hablarÃa más de aquello. AsentÃa con la cabeza, y se tranquilizaba, pero aún no encontraba nada que decir a pesar de la oleada de palabras que le subÃa a los labios.