Nana
Nana No obstante, cuando llegó al segundo piso, tuvo que dar un brinco para no pisar un gran gato rojo, ovillado en un escalón. Con los ojos medio cerrados, el gato era el único guardián de la casa, dormitaba entre los olores encerrados y tibios que las mujeres dejaban allí cada noche.
En el pasillo de la derecha, en efecto, la puerta estaba entornada. Nana esperaba. La pequeña Mathilde, una puerca ingenua, tenía su camerino muy sucio, con una profusión de tarros rotos, una mesa de tocador mugrienta y una silla manchada de rojo, como si hubieran sangrado sobre la paja. El papel de las paredes y del techo estaba salpicado hasta arriba con gotas de agua jabonosa. Aquello olía tan mal que Nana abrió la ventana.
Permaneció allí acodada un minuto, respirando, inclinándose para ver abajo a la señora Bron, cuya escoba se oía encarnizarse con las baldosas verdosas del angosto patio, hundido en la sombra. Un canario, cuya jaula colgaba de una persiana, lanzaba penetrantes gorjeos. No se oían los coches del bulevar ni los de las calles vecinas; había una paz provinciana y un amplio espacio en el que el sol dormía.