Nana

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Muffat se encontraba solo en el silencio de aquel rincón del teatro. Cuando pasaba por delante del saloncito de los artistas, vio, por entre las puertas abiertas, el desorden de la amplia sala, asquerosa de manchas y sin luz diurna.

Pero lo que más le sorprendía, al salir de la oscuridad y del tumulto del escenario, era aquella claridad blanquecina, la calma de aquel hueco de escalera que cierta noche había visto, ahumado de gas y resonando por el correr de mujeres en cada piso. Se veían los camerinos desiertos, los pasillos vacíos, sin un alma, sin un ruido, mientras que por las ventanas entraba el pálido sol de noviembre, arrojando rayos amarillos envueltos en la polvareda y entre la paz mortal que caía de arriba.

Se sintió feliz en medio de aquella calma y de aquel silencio; subió lentamente, tratando de recobrar el aliento; su corazón latía desacompasadamente mientras le invadía el miedo de comportarse como un chiquillo, con suspiros y lágrimas.

En el descansillo del primer piso se apoyó contra la pared, seguro de no ser visto, y con el pañuelo en los labios contempló los peldaños desgastados, la barandilla de hierro frotada por tantas manos, el estuco arañado, y toda aquella miseria de casa de tolerancia, exhibida crudamente en aquella hora pálida de la tarde en que las rameras todavía duermen.


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