Nana

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Todo esto no eran más que palabras arrastradas por el viento, mientras él se quedaba con el corazón encogido, cuyo dolor le punzaba cada vez más fuerte, hasta ahogarle. Se le ocurrían candideces, se acusaba diciéndose que ella no le habría traicionado si realmente él la hubiera amado. Su angustia se le volvió intolerable y se sintió muy desgraciado. Era como la quemazón de una antigua herida, no tanto por aquel deseo ciego e inmediato que se avenía a todo, sino ante la pasión celosa de aquella mujer, una necesidad de ella solamente, de sus cabellos, de su boca, de su cuerpo, obsesionándole.

Cuando se acordaba de su voz, un estremecimiento recorría todos sus miembros. La deseaba con exigencias de avaro y delicadezas infinitas. Y este amor le había invadido tan dolorosamente que cuando Labordette, preparando la cita, le soltó las primeras palabras, se echó en sus brazos en un movimiento irresistible, aun cuando en seguida se avergonzó de aquel abandono tan ridículo en un hombre de su clase. Pero Labordette sabía comprenderlo todo. Y le dio una prueba de su tacto abandonando al conde ante la escalera con estas sencillas palabras, pronunciadas bajando la voz:

—En el segundo piso, el pasillo de la izquierda. La puerta sólo está entornada.


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