Nana
Nana —¿Empezamos? —chilló el director—. Venga ya, Barillot. ¿No está aquà Bosc? ¿Es que quiere burlarse de m�
Sin embargo, Bosc llegaba apaciblemente. El ensayo volvió a empezar en el momento en que Labordette se llevaba al conde, quien estaba tembloroso ante la idea de volver a ver a Nana. Después de su ruptura habÃa sentido un gran vacÃo, se habÃa dejado conducir a casa de Rose, desocupada, temiendo sufrir con el cambio de sus costumbres.
Por otra parte, en el aturdimiento en que vivÃa, prefirió ignorarlo todo, prohibiéndose buscar a Nana y rehuyendo una explicación con la condesa. Le parecÃa deber este olvido a su dignidad, pero un sordo trabajo se operaba en él, y Nana lo reconquistaba lentamente, con los recuerdos, con las cobardÃas de su carne, con los sentimientos nuevos, exclusivos, enternecedores y casi paternales.
La escena abominable se esfumaba; ya no veÃa a Fontan, ni oÃa a Nana echándole fuera a la vez que le gritaba el adulterio de su esposa.