Nana
Nana —¿Ves lo que está sucediendo? Te juro que si ella repite la jugarreta de Steiner, le arranco los ojos.
Mignon, tranquilo y soberbio, se encogÃa de hombros como hombre que lo ve todo.
—¡Cállate! —murmuró—. Hazme el favor de callarte.
Él sabÃa a qué atenerse. HabÃa profundizado en su Muffat y veÃa que a un gesto de Nana estaba dispuesto a tirarse al suelo para servirle de alfombra. No se podÃa luchar contra esa clase de pasiones. Además, conocedor de los hombres, no pensaba más que en sacar el mejor partido posible de la situación. Era preciso ver. Y esperaba.
—Rose, a escena, gritó Bordenave. Se vuelve al segundo acto.
—Anda, vete —repuso Mignon—. Déjame a mÃ.
Luego, burlándose, le pareció divertido felicitar a Fauchery por su obra.
Muy fuerte la obra, ¿pero por qué su gran señora era tan honrada? Eso no era natural. Y le preguntó quién le habÃa servido de modelo para el duque de Beaurivage, el enamorado de Géraldine. Fauchery, en vez de enfadarse, sonrió. Pero Bordenave, echando un vistazo hacia el lado de Muffat, pareció contrariado, lo que asombró a Mignon y le hizo ponerse serio.