Nana
Nana —¿Y Géraldine está all� —interrumpió Nana.
—¿Géraldine? —repitió Bordenave un poco molesto—. Tiene una escena no muy larga, pero muy lograda… Está hecho para ti, te lo digo yo. ¿Firmas?
Ella le miró con fijeza y al fin respondió:
—Pronto lo veremos.
Y se reunió con Labordette, que la esperaba en la escalera. Todo el teatro la habÃa reconocido. Se murmuraba. Prullière, escandalizado por aquella vuelta; Clarisse, muy inquieta por su papel, y en cuanto a Fontan, se hacÃa el indiferente, con gesto frÃo, porque no acostumbraba murmurar contra una mujer a la que habÃa amado; en el fondo, con su antiguo capricho convertido en odio, le guardaba un rencor feroz por sus abnegaciones, por su belleza, y por aquella vida en común, que sólo habÃa querido por una perversión de sus gustos de monstruo.
Mientras tanto, cuando Labordette reapareció y se acercó al conde, Rose Mignon, puesta en guardia por la presencia de Nana, lo comprendió todo. Muffat la cansaba, pero la idea de ser abandonada asà la sacaba de quicio.
Entonces, rompiendo el silencio que generalmente guardaba sobre estas cosas con su marido, le dijo crudamente: