Nana

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Rose Mignon dio la última réplica, y Bordenave dijo que había que repasar otra vez el segundo acto antes de ensayar el tercero, y, abandonando el ensayo, acogió al conde con una cortesía desmesurada, mientras Fauchery fingía que estaba con los actores, agrupados en torno suyo. Con las manos a la espalda, Mignon silbaba, envolviendo con la mirada a su mujer, que parecía nerviosa.

—¿Subimos? —preguntó Labordette a Nana—. Te instalo en el camerino y bajo a buscarlo.

Nana abandonó su palco y tuvo que seguir a tientas el pasillo de butacas del patio, pero Bordenave la vio cuando se escabullía en la oscuridad, alcanzándola en el extremo del pasillo que pasaba por detrás del escenario, un rincón que alumbraba el gas día y noche.

Para apresurar el trato, se entusiasmó con el papel de la ramera.

—¡Qué papel! Tiene gancho. Está hecho para ti… Ven al ensayo mañana.

Nana no demostró entusiasmo. Quería conocer el tercer acto.

—¡Oh! el tercero es soberbio… La duquesa hace de buscona en su casa, lo que desagrada a Beaurivage y la corrige. Con esto hay un quid pro quo muy divertido; al llegar Tardiveau y creerse en casa de una bailarina…


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