Nana
Nana —¿Y yo qué? —dijo Prullière muy resentido—. Yo no tengo ni doscientas lÃneas. Quisiera devolver mi papel… Es indigno hacerme interpretar ese Saint-Firmin, un verdadero buñuelo. ¡Y qué estilo, muchachos! Veréis cómo la obra se va al foso.
Pero Simonne, que hablaba con el tÃo Barillot, volvió a decir sofocada:
—A propósito de Nana, está en la sala.
—¿Dónde? —preguntó con viveza Clarisse, levantándose para mirar.
El rumor circuló inmediatamente. Todos se inclinaban. El ensayo se interrumpió un instante, pero Bordenave salió de su inmovilidad, gritando:
—¿Qué hay? ¿Qué sucede ahora? ¡Acaben el acto…! ¡Y silencio ahà abajo! Esto es insoportable.
En el palco, Nana continuaba escuchando la obra. Por dos veces Labordette quiso hablarle, pero ella le hizo callar pegándole un codazo. ConcluÃa el segundo acto cuando aparecieron dos sombras por el fondo del teatro. Caminaban de puntillas para evitar hacer ruidos, y Nana reconoció a Mignon y al conde Muffat, que fueron a saludar silenciosamente a Bordenave.
—Ahà están —murmuró ella con un suspiro de alivio.