Nana

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Pero cuando Simonne regresó, con el bastonazo en el trasero y la voz rota por los sollozos, le dijeron que ellos en su lugar habrían estrangulado a aquel cerdo. Ella, secándose los ojos, aprobaba con movimientos de cabeza; aquello había acabado, lo abandonaba, y más recordando que Steiner se le había ofrecido para lanzarla.

Clarisse se quedó sorprendida, pues el banquero no tenía dónde caerse muerto, pero Prullière se echó a reír y recordó la hazaña de aquel condenado judío, cuando se enredó con Rose y acabó perdiendo en la Bolsa su negocio de las Salinas de las Landas.

Precisamente estaba trabajando en un nuevo proyecto, un túnel debajo del Bósforo. Simonne escuchaba muy interesada.

Clarisse no cabía en sí de rabia desde hacía una semana. ¿Pues el animal de Héctor de la Faloise, a quien ella había lanzado a los brazos venerables de Gagá, no iba a heredar a un tío muy rico? Sólo a ella le pasaban esos chascos.

Luego estaba aquel sucio de Bordenave, que ahora le daba un papelucho de cincuenta líneas, como si no pudiese interpretar la Géraldine. Soñaba con este papel y esperaba que Nana lo rechazase.


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