Nana

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Con frecuencia pegaba a las mujeres en los ensayos, si se había acostado con ellas. Simonne escapó perseguida por este grito furioso:

—Métete eso en el bolsillo, idiota. Cerraré la barraca si seguís fastidiándome.

Fauchery acababa de ponerse el sombrero, con cara de abandonar el teatro, y ya bajaba a la sala cuando vio que Bordenave volvía a sentarse. Y volvió a su sitio, en el otro sillón. Permanecieron un momento uno al lado del otro, sin moverse, mientras un pesado silencio caía sobre la oscuridad de la sala. Los actores esperaron cerca de dos minutos. Estaban agotados, como si saliesen de un trabajo de esclavos.

—Bien, continuemos —dijo al fin Bordenave con su voz natural y ya tranquilo.

—Sí, continuemos —repitió Fauchery—. Arreglaremos esa escena mañana.

Y se arrellanaron en sus asientos mientras el ensayo volvía a tomar su ritmo de aburrimiento y ejemplar indiferencia. Durante la agarrada del director y el autor, Fontan y los demás pasaron un buen rato en el fondo, en el banco y las sillas viejas. Todo eran risitas, gruñidos y palabras muy gráficas.


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