Nana

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De pronto Bordenave empezó a irritarse. Repetía la palabra estúpido, pero buscaba algo más fuerte, y encontró imbécil y cretino. Silbarían y el acto no llegaría al final. Y como Fauchery, fastidiado, sin que por otra parte se sintiese muy ofendido por aquellas palabrotas que se repetían entre ellos a cada nueva obra, le trató abiertamente de bruto, Bordenave perdió los estribos. Hizo el molinete con el bastón y resopló como un buey al gritar:

—¡Maldita sea! Dejadme en paz… Hemos perdido un cuarto de hora con estupideces… Sí, estupideces. Porque eso no tiene sentido. Y es tan sencillo…

—Tú, Fontan, no te mueves para nada. Tú, Rose, haces este pequeño movimiento, lo ves, nada más, y te inclinas… Vamos, hacedlo esta vez. Dé el beso, Cossard.

Entonces todo fue confusión. La escena no iba mejor. Bordenave empezó a declamar con la gracia de un elefante, mientras Fauchery sonreía burlón, encogiéndose de hombros piadosamente. Luego quiso meterse Fontan, y el mismo Bosc se permitió unos consejos. Rose, aburrida, acabó por sentarse en la silla que hacía de puerta. Ya nadie sabía por dónde andaba. Para colmo, Simonne creyó haber oído la réplica e hizo su entrada antes de tiempo y en medio del desorden; aquello enfureció a Bordenave hasta tal punto que el bastón, lanzado en un molinete vertiginoso, le dio de pleno en el trasero.


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