Nana
Nana Los actores repitieron la escena, pero Fontan ponÃa tan mala voluntad que la cosa no marchaba. Dos veces Fauchery debió repetir sus indicaciones, rogando cada vez con más calor. Todos le escuchaban con aire lánguido, mirándose como si les pidiese que caminasen cabeza abajo, y en seguida, intencionadamente, ensayaban y se callaban a las pocas frases, con la rigidez de muñecos cuyos hilos acaban de romperse.
—No, esto ya es demasiado para mÃ. No lo entiendo —acabó por decir Fontan con su voz insolente.
Bordenave no habÃa despegado los labios. Hundido en su sillón, no se veÃa, a la lóbrega luz que llegaba hasta él, más que la parte alta de su sombrero, echado sobre los ojos, a la vez que tenÃa el bastón cruzándole el vientre, pareciendo que dormÃa. Pero bruscamente se puso en pie.
—Oye, querido; eso es estúpido —le soltó a Fauchery con voz segura.
—¡Cómo estúpido! —exclamó el autor palideciendo—. El estúpido es usted, querido.