Nana
Nana Se habÃa puesto seria, la voz dura, muy conmovida, sufriendo realmente su estúpido deseo. Muffat, aún bajo el efecto de sus negativas, esperaba sin comprender nada. Siguió un silencio. Ni el vuelo de una mosca turbaba la paz de aquellas paredes vacÃas.
—Y sé una cosa —repuso ella abiertamente—; tú harás que me den ese papel.
Él se quedó estupefacto y, con gesto desesperado, dijo:
—Pero eso es imposible. Tú misma has dicho que eso no dependÃa de mÃ.
Ella le interrumpió con un encogimiento de hombros.
—Vas a bajar y le dirás a Bordenave que quieres ese papel… No seas ingenuo. Bordenave precisa de dinero… Pues tú se lo prestas, ya que lo tienes para arrojarlo por las ventanas.
Y como aún se debatiese, ella se enfadó.
—Muy bien, lo comprendo. Temes enfadarte con Rose. Yo no te he hablado de ella cuando tú llorabas por el suelo, y tendrÃa muchas cosas que decirte. SÃ, cuando se le ha jurado a una mujer amarla siempre, no se coge al dÃa siguiente la primera que aparece. ¡Oh! la herida está aquÃ, lo recuerdo… Además, querido, no tiene nada de apetitoso coger los restos de los Mignon. Antes de hacer el bestia sobre mis rodillas has debido romper con esa cochina gente.