Nana
Nana Él protestaba, y acabó por decir una frase precisa:
—Pues me rÃo yo de Rose. Ahora mismo voy a dejarla.
Nana pareció satisfecha por ese lado. Seguidamente añadió:
—Entonces, ¿qué es lo que te molesta? Bordenave es el amo… Me dirás que está Fauchery después de Bordenave…
HabÃa suavizado la voz, porque llegaba al punto delicado del asunto. Muffat, con los ojos bajos, se callaba. HabÃa permanecido en una ignorancia voluntaria sobre las asiduidades de Fauchery cerca de la condesa, tranquilizándose a la larga y esperando haberse engañado durante aquella noche espantosa, pasada en una puerta de la calle Taitbout. Pero aún conservaba por el hombre una repugnancia y una cólera sordas.
—¿Pero qué pasa con Fauchery? No es el diablo —repetÃa Nana, tanteando el terreno para saber cómo estaban las cosas entre el marido y el amante—. A Fauchery se le convencerá. En el fondo, te lo aseguro, es un buen muchacho… ¿Qué? Está claro que le dirás que es para mÃ.
La idea de semejante paso sublevaba al conde.
—No, no; ¡jamás! —gritó.