Nana
Nana Ella esperaba. Le subía esta frase a los labios: «Fauchery no puede negarte nada», pero comprendió que era demasiado como argumento. Sólo esbozó una sonrisa, y esta sonrisa, que era burlona, decía la frase.
Muffat, habiendo levantado los ojos hacia ella, los bajó de nuevo, molesto y pálido.
—No eres muy complaciente —murmuró ella al fin.
—No puedo —dijo lleno de angustia—. Todo lo que tú quieras, pero eso no, amor mío; te lo ruego.
Nana no se detuvo en discutir. Con las manos le hizo volver la cabeza hacia ella, y luego, inclinándose, clavó su boca a la de él en un largo beso. Un estremecimiento le sacudió, se tambaleó bajo ella, perdido, los ojos cerrados.
Nana lo sujetó, diciéndole simplemente:
—Vete.
Él se dirigió hacia la puerta. Pero cuando salía, ella volvió a cogerle entre sus brazos, haciéndose la sumisa y la mimosa, la cara levantada y frotando su mentón de gata contra su chaleco.
—¿Dónde queda ese hotelito? —preguntó ella muy bajito, con el aire confuso y reidor de una chiquilla que vuelve por las golosinas que no ha querido.
—Avenida de Villiers.
—¿Y tiene coches?
—Sí.