Nana

Nana

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—¿Y encajes, y diamantes?

—Sí.

—¡Oh, qué bueno eres, gatito mío! Sabes, hace un momento era por celos… Y esta vez te juro que no será como la primera vez, puesto que ahora comprendes lo que necesita una señora… Tú lo das todo, ¿no es eso? Pues entonces no necesito a nadie… Mira, no hay más que para ti. ¡Toma, toma y este otro aún!

Cuando lo hubo empujado fuera, después de haberle encendido con una lluvia de besos en las manos y en la cara, respiró un momento. ¡Dios mío, qué mal olía el cuarto de la descuidada Mathilde! Se estaba bien, con uno de esos tranquilos calores de las habitaciones de Provence, expuestas al sol de invierno, pero verdaderamente olía demasiado a agua de lavanda corrompida y a otras cosas nada limpias.

Nana abrió la ventana y se acodó nuevamente en el alféizar para examinar las vidrieras del pasaje y así distraer el rato de espera.

Muffat bajaba la escalera tambaleándose, atontado. ¿Qué iba a decir? ¿De qué manera abordaría aquel asunto que no le concernía? Llegaba al escenario cuando oyó una discusión. Se acababa el segundo acto, y Prullière se encolerizaba porque Fauchery quería cortar una de sus réplicas.


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