Nana

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—¡Córtelo de una vez! —gritaba—. Lo prefiero. Ni siquiera tengo doscientas líneas, y todavía me las cortan. No; ya estoy harto, y devuelvo el papel.

Se sacó del bolsillo un pequeño cuaderno estrujado, lo retorció entre sus manos temblorosas, pareciendo que iba a arrojarlo sobre las rodillas de Cossard. Su vanidad resentida convulsionaba su cara pálida, adelgazándole los labios y encendiéndole los ojos, sin que pudiese ocultar su ira. ¡Él, Prullière, el ídolo del público, interpretar un papel de doscientas líneas!

—¿Por qué no me hacen sacar cartas en una bandeja? —preguntó con amargura.

—Vamos, Prullière, sosiéguese —dijo Bordenave, que le halagaba a causa de su influencia en los palcos—. No empiece con sus historias de siempre. Se le encontrarán efectos, ¿no es cierto? Fauchery le buscará efectos… en el tercer acto se le podría añadir una escena.

—Entonces —advirtió el cómico—, quiero la frase de bajada de telón… Creo que se me debe eso.

Fauchery pareció consentir con su silencio, y Prullière se volvió a meter el papel en el bolsillo, todavía trastornado e incluso descontento. Bosc y Fontan, durante la explicación, habían adoptado un aire de completa indiferencia; cada uno se ocupaba de sí, pues aquello no les interesaba y les tenía sin cuidado.


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