Nana
Nana Todos los actores rodearon a Fauchery, preguntándole, buscando elogios, mientras Mignon escuchaba las últimas quejas de Prullière sin perder de vista al conde Muffat, cuyo regreso espiaba.
El conde, al entrar nuevamente en aquella oscuridad, se detuvo en el fondo del escenario, dudando si acercarse al sitio de la discusión. Pero Bordenave le vio y en seguida se precipitó a él.
—¡Qué gente! —murmuró—. No puede imaginarse, señor conde, lo mal que lo paso con esta gente. Todos a cual más vanidoso, y pedigüeños como pocos, peores que la sarna, siempre con sucias historias y deseando que yo me deje aquí los riñones… Perdone, me dejo arrebatar.
Se calló y reinó el silencio. Muffat buscaba una transición, pero no se le ocurría nada, y acabó por decir abiertamente, para concluir antes:
—Nana quiere el papel de la duquesa.
Bordenave tuvo un sobresalto y gritó:
—¡Qué locura!
Luego, contemplando al conde, lo vio tan pálido y tan trastornado que se contuvo, murmurando:
—Diablo…