Nana

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Y el silencio reinó nuevamente. En el fondo, igual le daba una que otra. Y tal vez resultase cómico ver a la gorda Nana haciendo el papel de la duquesa. Por otra parte, con aquella historia sujetaba sólidamente a Muffat. No tardó, pues, en tomar una decisión. Se volvió y llamó:

—¡Fauchery!

El conde había hecho un ademán para contenerle. Fauchery no oía.

Empujado contra el telón de embocadura por Fontan, se veía obligado a escuchar las explicaciones sobre la manera que comprendía el cómico el personaje de Tardiveau.

Fontan veía en Tardiveau un marsellés y con su acento, e imitaba el acento. Recitaba parlamentos enteros. ¿No estaba bien así? Parecía que sólo sometía ideas de las que él mismo dudaba. Pero Fauchery permanecía frío y hacía objeciones, lo cual en seguida molestó al actor.

Muy bien, desde el momento en que el espíritu del papel se le escapaba, sería mejor para todo el mundo que no lo interpretase.

—¡Fauchery! —gritó de nuevo Bordenave.

Entonces Fauchery se escapó, contento de huir del actor, quien se quedó ofendido ante tan rápida retirada.


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