Nana
Nana —No nos quedemos aquà —indicĂł Bordenave—. SĂganme, señores.
Para evitar que oyesen los curiosos, se los llevó al almacén de los accesorios, detrás del escenario. Mignon, sorprendido, les vio desaparecer.
HabĂa que bajar algunos escalones. Era una pieza cuadrada cuyas ventanas daban al patio. Una claridad de bodega penetraba a travĂ©s de los vidrios sucios, lĂłbrega en aquel techo bajo. AllĂ dentro, en estanterĂas que obstruĂan el sitio, habĂa un montĂłn de objetos de toda clase, como en el cuchitril de un revendedor de la calle Lappe que liquida, en una mezcla de feria barata, platos, copas de cartĂłn dorado, viejos paraguas rojos, cántaros italianos, relojes de todos los estilos, bandejas y tinteros, armas de fuego y jeringas; todo bajo una capa de polvo de una pulgada, irreconocible, descolorido, roto y amontonado. Y un insoportable hedor a hierros viejos, a trapos, a cartonajes hĂşmedos, llegaba de aquellos montones, donde se apilaban los restos de obras representadas hacĂa cincuenta años.
—Entren —dijo Bordenave—; por lo menos aquà estaremos solos.
El conde, muy molesto, dio algunos pasos para dejar que el director se atreviese con la proposiciĂłn. Fauchery estaba sorprendido, y preguntĂł:
—¿Qué pasa?