Nana
Nana —Se lo diré, continuó al fin Bordenave. Se nos ha ocurrido una idea… sobre todo no salte. Es muy serio… ¿Qué piensa usted de Nana en el papel de duquesa?
El autor se quedó petrificado. Luego estalló:
—¡Ah, no! ¿Estás bromeando? ¡Lo que se reirÃan!
—Tampoco perjudica que se rÃan un poco. Piénselo, querido… La idea le agrada mucho al señor conde.
Muffat, para aparentar serenidad, acababa de coger, de entre el polvo, un objeto que no parecÃa reconocer. Era una huevera cuyo pie habÃan rehecho con yeso. Se la guardó sin darse cuenta y avanzó para murmurar:
—SÃ, sÃ; estarÃa muy bien.
Fauchery se volvió hacia él con un gesto de brusca impaciencia. El conde no tenÃa nada que ver con su pieza. Y dijo claramente:
—¡Nunca…! Nana, de buscona, cuanto quiera, pero como señora, ni hablar.
—Usted se equivoca, se lo aseguro —repuso Muffat envalentonándose—. Precisamente acaba de hacerme el papel de mujer honrada…
—¿Dónde? —preguntó Fauchery, cuya sorpresa iba en aumento.
—Arriba, en su camerino… Estaba formidable, con mucha distinción. Sobre todo tiene una mirada… Y andando asÃ.