Nana
Nana Y con la huevera en la mano pretendió imitar a Nana, olvidándose de sà mismo en una apasionada necesidad de convencer a aquellos señores. Fauchery le miraba estupefacto. Acababa de comprenderlo todo, y no se mostró indignado. El conde, que sintió su mirada, en la que habÃa algo de burla y de piedad, se detuvo, atacado de un débil rubor.
—Por Dios… es muy posible —exclamó el autor por complacencia—. Tal vez esté muy bien… Sólo que el papel ya está dado, y no podemos quitárselo a Rose.
—Si no es más que eso —dijo Bordenave—, yo me encargo de solucionar el asunto.
Pero entonces, viéndolos a los dos contra él, comprendiendo que Bordenave tenÃa un interés oculto, el autor, para no sucumbir, se revolvió con mayor violencia, con intención de cortar la entrevista.
—¡Ah, no, no! Aunque el papel estuviese libre, no se lo darÃa… Esto está claro. Déjenme tranquilo… No quiero hundir mi obra.
Siguió un silencio embarazoso. Bordenave, viendo que allà él sobraba, se alejó. El conde permaneció con la cabeza gacha. La levantó con gran esfuerzo y dijo con voz alterada:
—Querido, ¿y si le pidiese eso como un favor?
—No puedo, no puedo —repetÃa Fauchery debatiéndose.