Nana
Nana La voz de Muffat se endureció:
—Se lo ruego… ¡Lo quiero!
Y le miró con fijeza. Ante aquella mirada, en la que leyó una amenaza, el periodista cedió de golpe, balbuciendo palabras confusas.
—Hágalo; después de todo, me da lo mismo… Abusa de mÃ, pero ya verá usted.
Entonces el embarazo fue mayor. Fauchery se habÃa arrimado a un estante, golpeando nerviosamente con el pie en el suelo. Muffat parecÃa examinar con interés la huevera, a la que no dejaba de dar vueltas.
—Es una huevera —se acercó a decirle Bordenave.
—SÃ, es una huevera —repitió el conde.
—Perdone, está usted lleno de polvo —continuó diciendo el director, volviendo a dejar el chisme en su sitio—. Ya comprenderá que si se hiciese limpiar todos los dÃas, no se acabarÃa nunca… Tampoco está muy limpio, ¿no es cierto? ¡Vaya jaleo! Pues, aunque no quiera creerme, aquà hay muchÃsimo dinero. FÃjese, fÃjese en todo esto.
Paseó a Muffat por delante de las estanterÃas, en la claridad verdosa que procedÃa del patio, enumerándole los utensilios, como si quisiera interesarle en su inventario de chamarilero, como decÃa riéndose. Después de aquel tono ligero, cuando se juntaron con Fauchery, dijo: