Nana

Nana

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—¿Cómo? ¿No es alegre? —repitió Nana, fulminándole con la mirada—. Claro que no tiene nada de divertido… Teníamos que llevar pan, querido… Ya saben que soy una buena chica y que digo las cosas como son. Mamá era planchadora y papá se emborrachaba, de lo que murió. Eso es. Si esto no les conviene, si se avergüenzan de mi familia…

Todos protestaron. ¡Vaya ocurrencia! Se respetaba a su familia. Pero ella insistía:

—Si se avergüenzan de mi familia, déjenme, porque no soy de esas mujeres que renieguen de su padre y de su madre… Hay que tomarme con ellos, ¿entienden?

La tomaban, aceptaban al papá, a la mamá, al pasado y lo que ella quisiera.

Los cuatro hombres, con los ojos puestos en la mesa, se hacían los sumisos mientras ella los sometía a sus antiguas y embarradas chancletas de la calle de la Goutte-d’Or, en el arrebato de su omnipotencia. Y siguió en sus trece; ya podían regalarle fortunas, y levantarle palacios, que siempre echaría de menos aquel tiempo en que se comía hasta la piel de los plátanos. El dinero era una burla; todo para los vendedores. Su acceso concluyó con un deseo sentimental de una existencia sencilla, con el corazón en la mano y en medio de una bondad universal. Pero en aquel momento vio a Julien, que esperaba impasible.


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