Nana
Nana —¿Te acuerdas de Víctor? —dijo Nana—. Ése sí que era un chico vicioso, llevándose a las niñas a las bodegas.
—Ya lo creo —respondió Satin—. Me acuerdo muy bien del patio de su casa. Había una portera con una escoba…
—La tía Boche; murió.
—Aún me parece ver vuestra tienda… Tu madre era muy gorda. Un día que jugábamos, tu padre llegó borracho, pero muy borracho.
Vandeuvres intentó dar otro giro a la conversación, para que no siguieran con sus recuerdos las dos amigas.
—¿Sabes, querida que me comería otra ración de trufas…? Están exquisitas. Ayer las comí en casa del duque de Corbreuse, y no eran tan buenas.
—Julien, más trufas —dijo rudamente Nana.
Después, volviendo a su tema, repuso:
—Papá casi nunca estaba razonable… ¡Qué escenas! Si hubieses visto aquello… Una verdadera tragedia. Las pasé de todos los colores, y es un milagro si no dejé allí la piel, como papá y mamá.
Esta vez, Muffat, que estaba jugando con un cuchillo, se permitió intervenir:
—No es muy alegre lo que cuentan.