Nana

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Los hombres vestían frac, ella misma llevaba un vestido de raso blanco bordado, mientras que Satin, más modesta, vestía de seda negra, luciendo en el pecho un sencillo corazón de oro que le regaló su buena amiga. Detrás de los comensales, Julien y François servían ayudados de Zoé, los tres con suma dignidad.

—Seguro que me divertía más cuando no tenía un céntimo —repetía Nana.

Había colocado a Muffat a su derecha y a Vandeuvres a su izquierda, pero ni siquiera les miraba, ocupada exclusivamente de Satin, que estaba frente a ella, entre Philippe y Georges.

—¿No es verdad, gatita mía? —decía a cada momento—. Bien nos divertíamos aquella época, cuando íbamos a la pensión de la tía Josse, en la calle Polonceau.

Servían el asado. Las dos mujeres se abismaron en sus recuerdos, sin dar un momento de reposo a la lengua; sentían la necesidad de remover aquel lodo de su juventud, y esto siempre sucedía cuando había hombres, como si quisieran darles todas las señales del estercolero donde habían crecido. Ellos palidecían, mirándose unos a otros molestos. Los hermanos Hugon trataban de reír, mientras que Vandeuvres se mesaba nerviosamente la barba y Muffat redoblaba su gravedad.


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