Nana

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Cuando se hizo anunciar Muffat, Francis acababa de peinar a Nana, y Labordette, con su familiaridad de amigo sin consecuencias, también estaba en el tocador. Al ver al conde, puso discretamente un paquete de billetes de Banco entre los polvos y las pomadas, y el pagaré fue firmado sobre el mármol del tocador.

Nana quería que Labordette se quedara a comer, pero él rehusó, alegando que debía pasear a un rico extranjero por París. Sin embargo, habiéndole llamado Muffat aparte para que acudiese rápidamente a casa de Becker, el joyero, y le trajese el aderezo de zafiros, con el que pensaba dar aquella misma tarde una sorpresa a Nana, Labordette se encargó gustosamente de la comisión. Media hora más tarde, Julien entregaba misteriosamente el estuche al conde.

Durante la comida, Nana estuvo muy nerviosa. La vista de los ochenta mil francos la había agitado. ¡Pensar que todo aquel dinero iba a parar a manos de los proveedores! Esto la disgustaba. Desde la sopa, en aquel soberbio comedor iluminado por el reflejo de la vajilla de plata y la cristalería, se puso sentimental y alabó las venturas de la pobreza.



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