Nana

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El convenio les divertía. Encontraron el lance muy gracioso. Precisamente al otro día había una cena en casa de Nana; se trataba de la comida acostumbrada de los jueves, con Muffat, Vandeuvres, los hermanos Hugon y Satin.

El conde llegó temprano. Necesitaba ochenta mil francos para desembarazar a la joven de tres o cuatro acreedores y ofrecerle un aderezo de zafiros, por el que se moría de deseo. Como ya venía podando demasiado su fortuna, buscaba un prestamista, pues aún no se atrevía a vender ninguna de sus propiedades. Siguiendo los consejos de la misma Nana, se dirigió a Labordette, pero éste, habiendo encontrado demasiado crecida la cantidad, había querido hablar de ella al peluquero Francis, quien deseaba complacer a sus clientes.

El conde se ponía en manos de estos señores con el deseo formal de no figurar en nada; los dos se comprometían a guardar en caja el pagaré de cien mil francos que les firmaría, y se excusaban por aquellos veinte mil francos de interés, protestando contra los desvergonzados usureros, a quienes tenían que acudir, según decían.




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