Nana
Nana Como hacÃa muy buen tiempo, despidió el coche, acompañó a Daguenet hasta su casa y, naturalmente, subió. Dos horas más tarde, Nana le dijo mientras se vestÃa:
—Entonces, MimÃ, ¿deseas ese matrimonio?
—¡Por Dios! Es lo mejor que podrÃa hacer. Ya sabes que no tengo un céntimo.
Nana le pidió que le abotonara los botines. Y tras un breve silencio, dijo:
—Yo también lo quiero, y te apoyaré… Esa pequeña está seca como una percha… Pero ya que eso te interesa… Soy muy complaciente y voy a defenderte.
Luego, echándose a reÃr, con el pecho todavÃa desnudo, agregó:
—Sólo una cosa, ¿qué me das?
Él la abrazaba y le besaba los hombros en un arranque de agradecimiento. Ella, muy alegre, se estremecÃa, se debatÃa y se echaba hacia atrás.
—Ya lo sé —exclamó excitada por ese juego—. Oye la comisión que quiero. El dÃa de tu matrimonio, me traerás el estreno de tu inocencia… Antes que a tu mujer, ¿entiendes?
—Eso es, eso es —dijo él, riendo más que ella.